Sunday, March 25, 2007

Regreso a casa

El viaje resultó mejor de lo esperado. El cruce de los Andes a través del paso de Agua Negra resultó una experiencia conmovedora y la estadía en Chile terminó siendo maravillosa. Seguramente regresaremos...

El paso por Agua Negra es difícil pero inolvidable.

Los penitentes a 4.700 metros de altura.

El puerto de Coquimbo no tiene que enviarle a La Boca.

Atardecer en la isla de Choros, una reserva natural nacional.


En Punta de Choros, disfrutando del atardecer del océano Pacífico.

Saturday, February 17, 2007

Samai Huasi

Samai Huasi fue la casa de descanso de Joaquín V. González. Ubicada en la localidad de Chilecito, provincia de La Rioja, hoy funciona como museo y como hospedaje. Visitarla constituye una experiencia deslumbrante, dado que revela las múltiples facetas de este lúcido hombre público y sensible literato.
La reseña biográfica que transcribo a continuación está acompañada por unas tomas que obtuve en octubre pasado en el lugar.

Riojano de nacimiento, González estudió en Córdoba, en el Colegio de Monserrat. Con tan sólo 18 años, en esa ciudad, se inició en el periodismo, colaborando con varios diarios mediterráneos, como El Interior, El Progreso y La Revista de Córdoba.Tres años después, comenzó a dictar clases, enseñando historia, geografía y francés en la Escuela Normal de Córdoba. En 1884, cuando tenía 22 años, empezó a escribir su tesis doctoral (Estudios sobre la Revolución) y fundó el diario La Propaganda. Además, se lo eligió presidente del Club Universitario Estudiantil.En 1886, obtuvo el doctorado en Jurisprudencia.De inmediato, regresó a su provincia, comisionado por el gobierno para tratar el asunto de límites con Córdoba. También fue elegido diputado nacional, aun cuando no tenía la edad requerida para el cargo (Repetiría en esa función tres veces más (1889-1891; 1892-1896; 1898-1901).Fue designado Miembro de la Comisión de Reforma Constitucional en 1887, y encargado de redactar el proyecto de Constitución para La Rioja. Era, por entonces, uno de los más destacados juristas del país. Ese año, Joaquín V. González publicó La Revolución de la Independencia Argentina, la primera de sus obras de carácter historiográfico. Además ingresó al diario La Prensa, y fue designado primer profesor de la Cátedra de Derechos de Minas. En 1889 fue elegido Gobernador de la Provincia (hasta 1891). Entonces, publica su obra fundamental: La Tradición nacional, una evocación legendaria en la que vincula el paisaje, el folklore, la sociología y la historia del país. Un lustro después, González accedió a la titularidad de la Cátedra de Legislación de Minas, y, en 1896, al Consejo Nacional de Educación, además de ser Académico Titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En 1901 abandonó la diputación, cuando el presidente Roca lo llamó para encabezar el Ministerio de Interior. Interinamente, González debió además dirigir al mismo tiempo los ministerios de Justicia e Instrucción Pública, y de Gobierno y Relaciones Exteriores. No descuidó sus cátedras, no obstante la función pública, y se encargó de pronunciar magistrales discursos, como en 1902 en la Facultad de Derecho acerca de El ideal de la Justicia y la vida contemporánea. Ese mismo año, presentó al Presidente un proyecto de reformas electorales, convertido en ley poco después. Gracias a la misma, que consagraba el sistema uninominal, fue elegido el primer diputado de adscripción socialista en el país (Alfredo Palacios). En 1904, nuevamente González tuvo que encabezar dos ministerios al mismo tiempo: el de Interior y el de Justicia e Instrucción Pública, al frente del cual creó el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de Buenos Aires, primero en este género que tuvo el país, y que tuvo como plantel docente inicial a una veintena de profesores contratados en el extranjero, casi todos alemanes. Con la asunción de Quintana como presidente, se lo designó al frente del Ministerio de Justicia. En esa tarea, González creó en 1905 la Universidad de La Plata, nacionalizada al cabo de unas pocas semanas. Según González, la novel casa de estudios debía responder a “una nueva corriente universitaria, que sin tocar el cauce de las antiguas y sin comprometer en lo más mínimo el porvenir de las dos Universidades históricas de la Nación, consultase junto con el porvenir del país, las nuevas tendencias de la enseñanza superior, las nuevas necesidades de la cultura argentina y los ejemplos de los mejores institutos similares de Europa y América.” Renunció como Ministro con la muerte de Quintana. El nuevo gobernante, Figueroa Alcorta, lo designó entonces Presidente de la Universidad, función en la que permanecería hasta 1918, en una gran tarea de organizador y armador. El día que abandonó el cargo de Rector, se le efectuó una apoteótica despedida en el Teatro Argentino de La Plata. No había dejado la política, sin embargo, y fue elegido senador en 1916 y hasta su muerte en 1923 (había estado en el cargo desde 1907). Para entonces, Joaquín V. González era considerado uno de los más ilustres hombres del país, y era reconocido por sus pares de otras latitudes. Integraba, en virtud de este reconocimiento, la Real Academia Española como miembro correspondiente (desde 1906), y formó parte, por lo mismo, de la Corte Internacional de Arbitraje de la Haya, en 1921.Una vez retirado de la dirección de la Universidad, volvió a las aulas en Buenos Aires, enseñando Derecho Constitucional Americano, Derecho Institucional Público y Historia Diplomática Argentina. También colaboró con el diario La Nación, y publicó numerosas obras sobre historia, sociología y derecho (por ejemplo, El juicio del siglo, o cien años de historia argentina (1910), La Universidad de Córdoba en la evolución intelectual argentina (1913), Patria y Democracia (1920), etc. Estos escritos compusieron una vasta obra sobre los más diversos temas: compilados en una edición póstuma en 1934 (Obras Completas), ocupan más de 13 mil páginas, agrupadas en 51 títulos. Falleció en diciembre de 1923, en medio de la congoja más general. Sus restos fueron acompañados por miles de personas hasta el Cementerio Norte. La misma congoja se repetiría varios años después, cuando una enorme multitud acompañó sus despojos hasta su Chilecito natal.

Thursday, February 15, 2007

Cielo de Barreal

Mientras preparamos una travesía de tres días por los picos más altos de la cordillera andina, les ofrezco esta toma de un cielo de Barreal, en la provincia de San Juan, que obtuve para fin de año. Las tormentas allí son repentinas y algo furiosas, aunque esa vez resultó pasajera.

Sunday, February 04, 2007

Una sombra y una mirada

Conservaba la fotografía como un verdadero tesoro y me la mostró con el entusiasmo propio de quien revela un poderoso secreto. Se lo veía más joven y feliz, sin las arrugas que ahora le cruzaban la frente. Los ojos parecían preguntar algo a quien manipulaba la cámara, una suerte de inquietud cuya respuesta yo no podía siquiera intuir, ya que de aquella persona solamente se veía la sombra de su cuerpo proyectada por la luz rasante y cálida del atardecer.
Vestía del mismo modo que ahora, con pantalones amplios de gabardina y una camisa de tela rústica que le daban el aspecto de un hombre de campo. Su fisonomía y especialmente su piel bronceada que resaltaba sus ojos azules, delataban sin embargo su origen europeo.
Los colores de la fotografía que sostenía en su mano y miraba intensamente habían comenzado a desteñirse, lo que revelaba que había sido tomada hacía por los menos quince años.
Su rostro alargado en donde además se destacaba una sonrisa a medio camino que daba forma a una pequeña arruga próxima a la comisura derecha, estaba enmarcada por un paisaje lacustre propio de los países escandinavos.
Era el mismo rostro que ahora intentaba explicarme la experiencia que le había cambiado la vida, expulsándolo hacia los confines de un país remoto, donde había recuperado un equilibrio tan precario como las grandes rocas vacilantes que vigilan amenazantes los sinuosos caminos andinos.
No resultaba fácil penetrar su mirada. La pregunta que parecía formular a quien lo fotografiaba, quince o veinte años atrás, se había transformado en una expresión resignada y amarga.
El relato iba tomando forma y se iba abriendo paso a través de comentarios sobre excursiones por las cercanías, uno de los temas centrales de conversación en pueblito como Barreal.
Ella era una típica joven del área rural que había ido a estudiar lengua y literatura a Copenaghe. Desbordaba frescura y belleza y no tardó en despertar el interés de mi anfitrión, quien daba clases de literatura europea meridional.
Lo que más le interesó fueron sus ojos castaños, aunque se regocijaba al escuchar su acento provinciano y su timidez a la hora de dar sus trabajos prácticos.
Llegó a su vida en un momento crítico en donde su relación con su pareja comenzaba a desmoronarse y donde él mismo empezaba a quebrarse, por lo que no tuvo la fuerza suficiente para siquiera intentar seducirla.
La relación, si así podría llamarse, se limitó al cruce de miradas que sin embargo decían mucho más que las más elocuentes palabras.
El invierno llegó y la joven campesina aprobó su curso con una vacilante pero convincente exégesis de la Divina Comedia. Ya no volvería a verla pero no lo preocupaba porque tenía demasiados problemas que resolver.
Estaba profundamente enamorado de la mujer con la cual compartía un departamento en la zona céntrica de la ciudad, a unas diez cuadras del instituto donde daba clases. La relación, sin embargo, estaba a punto de resquebrajarse aunque él no tenía conciencia de ello.
Su ánimo oscilaba entre la euforia y la decepción, como suele suceder en las personas jóvenes que se sienten presas de la depresión. Los días luminosos contrastaban con los sombríos y compartían la misma dolorosa intensidad.
Para seguir adelante se aferraba a un optimismo insensato como la mayoría de los desesperados.
-Volví a verla doce o trece años después. Ya no éramos los mismos porque yo había perdido todo y ella se recuperaba de la pérdida de un bebé.
-¿Cómo se encontraron?
-No fue fácil porque ya no tenía ningún dato sobre ella, así que tuve que buscar en las guías telefónicas de las principales ciudades del país.
Mientras avanzaba en su relato me lo imaginaba en su habitación alquilada, desalineado y en completa soledad, como un náufrago que aguarda que alguien lo rescate y devuelva al mundo de los seres felices, revisando con paciencia los directorios telefónicos de todo el país.
-Nunca pensé que estuviera quebrada como yo. Ella era una chica dorada y cuando la conocí en el instituto nada hacía suponer que las cosas pudieran salirle tan mal. Claro que había algunas señales sutiles como la sudoración de sus manos y el repentino descenso de peso que apenas percibí.
-¿Qué fue lo que le pasó?
-Era la única hija de una familia tradicional que esperaba lo mejor de ella y tenía realmente razones para no pensar que podría tener una vida tan complicada como la que finalmente tuvo. Todo comenzó con un matrimonio fallido que contrajo con un hombre que solamente quería quedarse con la mitad de la costosa propiedad que le regaló su padre.
-Es muy difícil que una mujer pueda recuperarse de un golpe así.
-Yo creo que eso fue lo que desencadenó todo lo que le pasaría después porque fue un golpe al narcisismo de una mujer joven y bella que no puede estar preparada para una cosa semejante.
-Lo más duro debe haber sido enfrentarse a la decepción que provocó a sus padres.
-Eso mismo pensé yo cuando me lo contó.
-Debe haber marcado todos sus pasos posteriores.
-Para una mujer bella que está en su mejor edad es un golpe terrible ser estafada por su esposo y este se quedó con mucho más que una costosa casa en uno de los bulevares más exclusivos de la ciudad.
-¿Qué le pasó después?
-Es como que renunció a enamorarse y se dedicó a cambiar de parejas de manera constante, exponiéndose a la reacción de hombres despechados a quienes iba abandonando de manera inmisericorde.
-Hasta que se reencontró con vos.
-Hasta que se reencontró conmigo.
Dijo esto último con un gesto de contenido dolor, en el que agachó levemente la cabeza, como si hubiera recibido un golpe en la boca del estómago.
Levantó la mirada hacia el techo, encendió un cigarrillo y dio un largo sorbo al vaso de The Famous Grouse que se había servido al comenzar la charla.
-Al principio comenzamos a comunicarnos telefónicamente, ya que ella me decía que no estaba preparada para un encuentro. Yo le tuve una paciencia infinita porque sabía que se estaba reponiendo de la operación en la que perdió su bebé y casi su vida. Las charlas eran interminables y con el correr de los días nos íbamos acercando más y más. Una noche me contó que cuando estudiaba en el instituto, poco antes de casarse, estuvo a punto de abordarme pero que mientras me aguardaba en la puerta, me vio salir con mi pareja de entonces.
-O sea que el interés era mutuo.
-Así es y eso no solamente me levantó el ánimo sino que me hizo sentir feliz por primera vez en casi diez años.
-No era para menos, dije, mientras veía cómo su sonrisa franca iba abriendo surcos en su barbilla y le arrugaba la frente.
-El problema es que yo pensé que me encontraría con la joven rubia que conocí en el instituto pero no fue así, dijo con voz apagada y apoyando los brazos sobre la mesa para erguirse y dirigirse hacia la cocina de la posada para apagar las luces.
Comprendí que la charla había llegado a su fin y que probablemente no volvería a reanudarse, cosa que no me preocupaba porque intuía el final del relato.Mientras me despedía y abandonaba la posada, recordé los años en que redactaba críticas cinematográficas y me divertía adivinando los desenlances de las películas más prosaicas.

Monday, January 22, 2007

Pueblos que se desvanecen

Según la Fundación Responde, 28 de las 46 localidades del departamento Castellanos, en la provincia de Santa Fe, se encuentran en riesgo de desaparición. Aquí van unas imágenes de Nueva Lehmann, un pueblito donde ni siquiera llegan las ambulancias para atender las emergencias médicas.



Como muchas otras localidades, Nueva Lehmann se detuvo
en el tiempo el día que dejó de parar el tren.


Las ruinas de la única industria que tuvo la localidad.

La vieja mantequería de Lehmann todavía sigue en pie.

Nueva Lehmann depende de Lehmann y está ubicada sobre la ruta nacional 34.

Sunday, January 21, 2007

Buscando un buen título

Se aproxima el momento de la edición y de lo que para muchos escritores es lo más díficil: redactar el título del libro. Acostumbrado al trajín periodístico, suelo tener dos o tres guardados para usar en el momento de las definiciones. En este caso, creo que el más conveniente es "Concierto andino", ya que remite a una de las escenas principales de la obra, donde una misteriosa mujer interpreta inesperadamente un concierto de Ravel en una posada de Rodeo, en la provincia de San Juan.
Tengo que reconocer, no obstante, que no me convence del todo, ya que me suena algo prosaico. Afortunadamente todavía tengo tiempo y puedo escuchar diferentes opiniones. Se escuchan sugerencias!!

Tuesday, January 02, 2007

Regreso a Barreal

Un año y nueve meses después finalmente regresamos a Barreal. Si bien está a poco más de mil kilómetros de Rosario, llegar hasta allí no resulta sencillo por el estado y la falta de caminos.
Pensábamos arribar al mediodía del sábado para pasar fin de año en el camping municipal, tras disfrutar de una noche en Mendoza.
Los planes se complicaron cuando a la mañana siguiente nos enteramos en Uspallata que el camino de ripio que une a esa ciudad mendocina con Barreal se encontraba cortado.
El rodeo que tuvimos que dar fue tan extenso como cansador, ya que debimos regresar a Mendoza y viajar por la ruta 40 hacia San Juan, donde tomamos el camino que lleva a San José de Jáchal.
A medio camino nos desviamos hacia el suroeste, a la altura de Talacasto, desde donde tomamos la ruta nueva a Calingasta.
Llegamos finalmente a las 19 del sábado, tras recorrer el camino de una sola vía que conecta con Calingasta.
El esfuerzo valió la pena porque a pesar de la fuerte tormenta de la noche anterior, el pueblo está cada día mejor, tan tranquilo como siempre y con sus bellezas naturales intactas.


Vista desde la cabaña del camping municipal.

El río Los Patos, versión veraniega.

Después de una noche de descanso nos levantamos bien temprano por la mañana para visitar la Pampa del Leoncito, desde donde pretendíamos fotografiar a los picos más altos de la cordillera andina.
Lamentablemente y después de más de dos horas de caminata, los picos se encontraban tapados por espesas nubes que impedían observar las nieves eternas.
Ello no impidió que hiciéramos unas bellas tomas y naturalmente, el sol nos quemara impiadosamente.

En la Pampa del Leoncito, casi dos años después.

Por la tarde tuvimos oportunidad de disfrutar del río Los Patos, que pasa por el norte de la localidad y nos mostró un brioso caudal tinto de verano que contrasta espléndidamente con el blanco inmaculado de los picos nevados.
El 2007 nos encontró gratamente extenuados y cómodamente instalados en una cabaña del complejo municipal, donde brindamos con un riquísimo Malbec sanjuanino que tuvimos oportunidad de degustar cuando aún se encontraba en fase de elaboración, en la bodega Augusto Pulenta, de Caucete, en marzo de 2005.
El viaje fue cansador pero valió la pena porque además del reencuentro dio lugar a nuevos proyectos como una travesía de 160 kilómetros por los picos más elevados de la región que de no mediar inconvenientes realizaremos en marzo próximo.

Monday, December 18, 2006

Consejo de Paul Groussac

"Un paisaje es un estado del alma", recuerda Paul Groussac que dijo Amiel, aunque ello no implica, como suele pensarse, que las pinturas de la naturaleza dependan exclusivamente de nuestra disposición de ánimo.
"Todo lo que Amiel quiso decir y fluye del meloso comentario, es que en cualquier paisaje podemos descubrir correspondencia con algún estado de nuestro espíritu; concepto casi tan pueril como el lenguaje de las flores, y que convertiría la inmensa naturaleza en un repertorio de metáforas", aclara el maestro francés en su "Viaje intelectual".

Busto del escritor francés en el Parque 3 de Febrero de Buenos Aires.

Sunday, December 10, 2006

Una lluvia de polvo

Quiso escribir pero tenía el interior demasiado revuelto para hacerlo, de modo que decidió tomar la ruta hacia El Puesto para visitar a Rosa Orquera. Tenía previsto hacer un documental sobre la llamada Ruta del Adobe y solamente le restaba entrevistar a la tataranieta de los constructores del Oratorio consagrado a la Virgen del Rosario.
La mañana estaba fresca y transparente, a pesar de que el día anterior había soplado el Zonda, cubriendo el valle con el polvo acumulado durante los ocho meses de sequía.
El fenómeno lo sorprendió bajando desde el Paso de San Francisco y lo dejó perplejo, porque nunca antes lo había experimentado, aunque muchas veces oyó hablar de él.
Con la cabeza todavía mareada por los efectos de la altura y el rápido descenso, creyó que en realidad estaba lloviendo sobre Fiambalá, dado que el polvo suspendido semejaba las lluvias que solía ver de niño en las rutas de la zona pampeana.
Fiambalá cubierta de polvo, durante la tormenta
provocada por el Zonda.
Cuando ingresó al poblado desde el oeste se dio cuenta que se trataba de una lluvia de polvo provocada por un viento seco y cortante que bajaba velozmente desde la cordillera, al igual que él y su Volskwagen.
Ni en la calle principal ni en la plaza había nadie. Los lugareños habían optado, como suelen hacerlo desde hace siglos, por quedarse encerrados en sus viviendas a la espera de que el Zonda dejara de soplar, cosa que ocurrió al anochecer, permitiendo que la gente saliera masivamente a la calle a hacer sus tareas cotidianas, sin importar la hora. Fue así que vio una panadería y una tienda abierta cerca de la medianoche y aprovechó para comer en el único comedor de la localidad.
Mientras subía la cuesta pensaba en el esfuerzo de esas localidades que continuaban luchando contra el indetenible proceso de desertificación que según los estudiosos se inició a fines del siglo XIX, transformando rotundamente todo el bolsón.
Trató de imaginarse cómo había sido aquella zona cuando el negocio ganadero la hizo próspera y los campos lucían el verde tierno de los alfalfares. Ahora ni siquiera había cardones y las dunas avanzaban orgullosamente.
El Puesto es un oasis, como la mayoría de las localidades puneñas. Su calle principal está arbolada y conduce, en un recodo de ensueños, al Oratorio de los Orquera, donde Doña Rosa, a los 80 años, espera la llegada de los visitantes.
Mientras bajaba su equipo fotográfico ella le salió al cruce y lo saludó cortésmente, explicándole que si bien estaba abierto al público, el Oratorio era propiedad de su familia.
Con una rápida mirada abarcó la construcción de adobe que aparecía detrás de los algarrobos y pensó que su mayor encanto y atractivo residía en su sencillez y fragilidad.
Rosa le abrió la puerta sin visagras, bromeando sobre el origen de la palabra “desquiciado” y avanzó sobre el piso de tierra consolidada de la capilla. El interior contrastaba con la fachada, puesto que estaba pintado de blanco y el altar exhibía la imagen traída desde Chuquisaca a mediados del siglo XVIII.
La deteriorada pintura de la virgen amantando al niño le produjo una sensación contradictoria, parecida a la que solía experimentar cuando veía las antiguas obras de arte del período colonial. Tenía algo de sacro y pagano a la vez, pensó antes de retirarse para ver el lagarde de cuero de vaca que Rosa conservaba al lado del Oratorio y exhibía orgullosa a los visitantes.
En el camino de regreso no advirtió que sus inquietudes internas habían menguado, al igual que la tormenta de tierra que el Zonda había provocado el día anterior.
El Oratorio tiene la misma ambigüedad que percibió en la pintura traída de Cuzco, reflexionó antes de dormirse. Es el frágil pero casi perenne testimonio de la llegada del cristianismo a esas tierras áridas y alejadas, de un momento que habría de cambiar la historia para siempre. Son testimonios del mestizaje, alcanzó a pensar antes de caer rendido ante el sueño.

Thursday, July 06, 2006

La chica que no quería volver a dormirse

No tuve dificultades para creerle cuando me dijo que no quería volver a dormirse nunca más. Estábamos en una esquina muy particular de Buenos Aires, donde la pared lateral del cementerio de la Recoleta se enfrenta, calle de por medio, con un complejo de diversión.
El contraste me inquietaba mientras la escuchaba en la penumbra de la vereda, donde el brillo de las luces de colores de los juguetes que ofrecìan los vendedores ambulantes provocaban la misma sensación que deben experimentar las estrellas de rock cuando son iluminadas por cientos de reflectores sobre un escenario.
Comprendía lo que me decía porque yo también padecí esa inquietud casi imperceptible que suele acompañarnos cuando debemos resignarnos a descansar.
"Mi terapeuta me dijo que es algo así como un miedo primitivo a soñar", me dijo mientras miraba desde la penumbra las siluetas negras de los panteones que lograban superar el muro que separa a la necrópolis de la ciudad.
"Me dijeron que ahí adentro están sepultadas personas ilustres de la historia del país pero la gente, en este viernes húmedo y pringoso, no parece advertirlo", pensé mientras recordaba a las dos chicas que en el camino hacia el museo de arte contemporáneo, hicieron un alto para mirar a través de los cristales del portón de entrada, la avenida principal del cementerio.
Tratando de cambiar el humor recordé voluntariamente a los perros que sus dueños dejaron atados en el frente de la iglesia para que los esperen mientras asistían a la misa vespertina. Sus caras de resignación y aburrimiento me arrancaron una compasiva sonrisa. El más impaciente era un boxer que con una mirada verdaderamente angustiada, parecía pedirme que lo desatara del bicicletero donde se lo había dejado. Un labrador dorado había perdido toda esperanza de librarse del semanal calvario y se había echado a un costado de su dueña, quien seguía el oficio desde el umbral del templo. El más habituado a sortear este tipo de inconvenientes parecía ser un airdale terrier que roncaba despreocupadamente a salvo de los feligreses y traseúntes, en un rincón oscuro junto al portón de acceso.

Wednesday, June 21, 2006

Visita al Museo Nacional de Bellas Artes

Queda sobre avenida Libertador, frente al Centro Cultural Recoleta y la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Recomiendo calurosamente una recorrida por sus salas, especialmente la de la planta alta, donde puede apreciarse una colección impresionante de obras de las mejores firmas de la plástica argentina del siglo XX, como Fader y Berni.
En la fotografía estoy contemplando La Mazamorra, de Fader, una de las mejores telas del pintor mendocino.


Thursday, June 01, 2006

Elemento tranquilizador

Siempre me pregunté cuál era el elemento tranquilizador de Paisaje Sanjuanino, el cuadro de Fernando Fader que vi por primera vez hace casi veinte años, en el Museo Castagnino de Rosario.
Con la primera impresión me convencí que era el conjunto el que transmitía la paz que no encontraba y mantuve esa creencia durante largos años, hasta que volví a verlo hace un par de meses, cuando recorrí en el mismo museo una restrospectiva de Antonio Berni y sin esperarlo en modo alguno, volví a contemplarlo colgado sobre la pared oeste de la galería central.
Fue en ese momento que me di cuenta que el elemento tranquilizador es la pequeña casa de adobe que aparece a un lado del camino que cruza la pequeña quebrada.
Es un elemento que sosiega porque la visión de la naturaleza en estado virgen siempre inquieta al ser humano y lo primero que uno busca en ese paisaje tan agreste es una huella de la presencia humana que en este caso es un símbolo primitivo del hogar.

Wednesday, May 31, 2006

Contemplación de los cerros

Era consciente del parecido entre los tres personajes que conocí durante mi viaje, el guía turístico de Talampaya, el propietario de la posada en Barreal y Fernando, el aristócrata paisajista de Luján de Cuyo.
Tenían en común la necesidad de contemplación diaria de la belleza natural e imponente de los cerros andinos, quizá porque creían ver en ellos la emergencia de lo puro e inaccesible o simplemente porque su visión les provocaba un placer inconmensurable, como me ocurría a mi.
Fue de manera casual que me di cuenta por qué las culturas precolombinas atribuían a los monumentales cerros la condición de deidades. Estaba esperando que el gomero de Barreal reparara uno de los neumáticos de la camioneta en que viajaba cuando levanté la vista para contemplar las nieves eternas del Mercedario.
Repetí la operación varias veces, sintiendo el estremecimiento que me provocaba la inmaculada blancura del pico nevado que sobresalía y se recortaba desde el horizonte.
Tal vez era eso lo que regocijaba secretamente a mis tres personajes y lo que les permitía olvidarse de esa sensación de inquietud que acompaña constantemente a los seres vivos y que Kipling describió tan bien con el balanceo de los elefantes de la India.

Thursday, May 25, 2006

Un alma sosegada

Salió como todas las mañanas, cargando sobre uno de sus hombros el caballete de madera, la cabeza cubierta por un sombrero de tela descolorida y la valija con óleos y pinceles sostenida por la mano que le quedaba libre.
Cruzó la glorieta de glicinas, respirando la frescura silvestre que bajaba de los cerros que le ofrecían sus contornos apenas definidos por la luz matinal.
El río Blanco comenzaba a otra vez a correr, tras meses de parálisis impuesta por el congelamiento y pensó que a su regreso ordenaría al mayordomo que comience a llenar la pileta de mayólicas italianas que su suegro hizo construir en una de las habitaciones de la imponente casona, con el objeto de evitar fisgones y resguardar a las damas de la familia.
Era curioso, su vida había estado siempre signada por los ríos. Al igual que su padre se había empecinado en terminar la usina hidroeléctrica sobre el río Mendoza que llevó a la familia a la ruina.
Cruzó a grandes pasos el camino de tierra que únia a Luján de Cuyo con Mendoza. La tela que llevaba todavía estaba a medio hacer y volvería al mismo lugar en el que estuvo trabajando durante semanas con la única compañía de las aves y animales silvestres.
Quería a esa tierra que permanecía virgen más que a su Burdeos natal porque sosegaba su alma. Por nada del mundo pensaría en cambiarla.

Sunday, May 21, 2006

Placeres secretos

Bajar a la ciudad de Mendoza luego de varias semanas en el interior de la provincia de San Juan es uno de mi placeres secretos más apreciados. La despojada y austera paz que uno disfruta recorriendo las comarcas andinas contrasta con el aire cosmopolita y ligeramente aristocrático de la capital mendocina.
La última vez que hice el periplo quedé impactado por los avances que registró la urbe durante los últimos años. No conocía los nuevos barrios que conforman El Challao y que ofrecen una vista estupenda de toda la ciudad, especialmente al caer la noche. Tampoco pensé que encontraría restoranes de primer nivel con ofertas gastronómicas a la altura de los centros turísticos más importantes del mundo.
La visita a una enoteca top me dejó perplejo: allí no expenden vinos sanjuaninos, una actitud localista que contrasta notablemente con el espíritu cosmopolita que se impone en la ciudad.

Thursday, May 18, 2006

Nada que decir

"Es cierto que la vi siendo niña, cuando solamente podía despertarme ternura y aún hoy la sigo viendo de la misma manera", me dijo El Alemán, una madrugada, cuando el trabajo de la posada había terminado.
En vano traté de hacerlo hablar sobre los placeres de la vida en la precordillera, siempre volvía al mismo tema. "Fuimos a un pub irlandés y la besé mientras acariciaba sus muslos. Ella parecía disfrutarlo pero unas semanas después me dijo que quería estar sola y que no le provocaba nada", confesó mientras yo trataba de descubrir qué decían sus ojos azules.
Parecía no escucharme y decidí quedarme callado, escuchando los detalles de la ruptura, pensando en mi propia historia sentimental.
Recordé ese mediodía en que ella me dijo que ya no sentía nada por mí y lo comprendí aunque sinceramente hubiese preferido hablar de otra cosa. Realmente no tenía nada para decirle.

Wednesday, May 10, 2006

Un límpido manantial

"En cuanto al origen de la oratoria como actividad espontánea cabe señalar que apenas si hay algún canto de la Ilíada y la Odisea en que la mesura, prudencia y elegancia del héroe en el hablar, ya en breves sentencias o en extensos parlamentos, no sean elogiadas como imprescindible virtud", había leído la tarde anterior, en una ediciòn bilingue de 1957 de un pequeño texto de Lysias, mientras me resguardaba del frio en la sala de lectura de la Facultad de Humanidades y Artes.
Lo había tomado al azar, puesto que si bien me interesaba la retórica, no sabía nada de él. El salón abovedado de la biblioteca que alguna vez fue un convento, contrastaba con la luminosidad del discurso del retor.
"Lysias es sutil y elegante, y de no esperarse en un orador sino una información objetiva, no existe otro más perfecto. Nada en él es vacío, nada rebuscado. Con todo, se parece más a un límpido manantial que a un río poderoso", dijo Quintiliano de él.
Pensaba en sus límpidas construcciones cuando abandoné la Facultad y subí por la calle Entre Ríos, alejándome del centro de la ciudad, hacia la casa de mi novia. Sabía que no podría pasar la noche allí pero no me preocupaba.
Recordé el día en que el anciano estacionó su destartalada camioneta frente a la redacción del periódico que dirigía y me ofreció, con una mirada iluminada por el fanatismo y una confianza irracional, una edición que nunca leí de "Los Kerenskys argentinos".
No escuché sus explicaciones ni tampoco presté atención a su colaboración sobre el caso de hanta virus que la prensa nacional había descubierto en Neuquén. Solamente pensé que un hombre desesperado puede aferrarse a un libro con facilidad.

Thursday, April 27, 2006

Paisaje sanjuanino

La primera vez que percibí una tela de Fernando Fader estaba desesperado. Había pasado la noche a la intemperie en el Parque de la Independencia y tras despertarme entumecido a causa del helado rocío, crucé la avenida Pellegrini y entré al Museo Castagnino para calentarme.
Paisaje sanjuanino, el cuadro de Fader, atrajo inmediatamente mi atención desde el otro extremo del salón de exposiciones, con sus cerros color verde opaco. A medida que me acercaba iba descubriendo nuevos detalles, como la casita de adobe situada al lado de un ascendente camino de piedra grisácea.
Me quedé observándolo por un largo tiempo y antes de dejar la sala, me di cuenta que sentía algo parecido a lo que probablemente sintió el artista al recrear ese sencillo paisaje andino.
Igual que a él, me dio la paz y serenidad que buscaba, después de una larga e inquieta noche.


Nunca había oído hablar de él, a pesar de que mi padre fue pintor, al igual que mi hermano y desde muy temprano me acostumbré a escuchar conversaciones sobre artes plásticas.

Sunday, April 09, 2006

Producto de la fantasía

Mientras dejaba la capital sanjuanina rumbo al Sur, por la mítica ruta nacional 40, pensé que El Alemán había escapado hacia un lugar donde las desolación, la traición y el engaño no pudieran dañarlo con la misma ferocidad y ensañamiento con que destrozaron a su amada y que todos los seres humanos intentamos dejar atrás lo que nos hace mal.
Sabía que la historia no era probablemente más que un producto de mi fantasía pero también que me ayudaba a comprenderlo a él y en parte a mí mismo porque ambos queremos a la naturaleza lo más natural posible.
A pocos kilómetros de Mendoza, cuando la luz se desvanecía detrás de la cordillera y el tránsito se hacía más esporádico, imaginé que no llegaron a amarse en las escasas noches que se vieron. A ninguno de los dos les interesaba hacer el amor, solamente buscaban la confirmación de un sentimiento que pudo sobrevivir al paso del tiempo y a la distancia pero que sucumbió frente a las heridas que va abriendo la vida en las personas a medida que los años pasan y los desengaños se acumulan.

Buscando un refugio

El Alemán me contó por qué se quedó en Barreal pero no por qué dejó su país, debido posiblemente más a una omisión involuntaria que a un acto deliberado. A mi se me antoja que fue por una frustración amorosa, aunque nada en nuestras conversaciones noctámbulas justifica tal presunción.
Creo que fue en el camino de regreso hacia la ciudad de San Juan, adonde tuve que dirigirme para comprar una cubierta de reemplazo para la que quedó destrozada tras el viaje por la Travesía del Corrillo, cuando se me ocurrió que decidió viajar a nuestro país, a principios de los 80, luego de una mala experiencia sentimental con una joven rubia y delicada como un ángel.
Ella era especial, como solía decirle su abuelo, quien secretamente la prefería sobre el resto de sus nietos. Su mirada era lo que cautivaba al anciano, quien la describía alternativamente como un túnel o como una caverna, quizás porque representaba una oscuridad plácida que lo invitaba a internarse hasta llegar al alma misma de su amada nieta.
El Alemán experimentó la misma sensación que el abuelo, cuando la miró por primera vez a los ojos en el instituto donde ambos estudiaban. Sin embargo, la relación no se estableció allí sino que debieron pasar casi quince años para que volvieran a encontrarse y hablar sobre lo que sentían.
¿Por qué te atrae tanto ella?, le preguntaba el profesor de Literatura Meridional a El Alemán, cuando regresaban del instituto y se dirigían a su casa para tomar el té, escuchar a Eric Satie y hablar de libros hasta bien avanzada la madrugada.
"Me atrae porque sus ojos me dicen que es muy sensible y porque sé que va a sufrir mucho en la vida", contestaba El Alemán, sentado en uno de los sillones individuales del pequeño departamento atestado de libros y papeles.
El profesor no lo entendía. Pensaba que ella no era bella y que no sobresalía del promedio de compañeras que tenía su alumno predilecto.
Una sola vez estuvieron a punto de decirse lo que ambos sentían pero el azar quiso que la pareja de El Alemán fuera a esperarlo a la salida del instituto y él la vio pasar delante suyo, con el andar suave y delicado que solamente puede tener una muchacha de esa edad y perderse en la oscuridad de la transitada calle.
Él sintio una sensación de pérdida esa noche y ella una especie de alivio que le permitió concentrarse en la boda con un joven que pocos meses después habría de traicionarla.
El encuentro se produjo casi quince años más tarde, cuando ambos vivían en sitios muy distantes del país y no podían ocultar las heridas que les produjo la vida.
Él venía de años de soledad, de haber perdido a su padre, de haber comenzado de cero y de haber sobrevivido a la depresión que estuvo a punto de vencerlo en varias oportunidades. Ella había perdido a su amado abuelo y si bien sus ojos transmitían la misma dulce invitación para internarse hasta su alma, por dentro estaba destrozada.
Se dieron tres abrazos en los que confirmaron todo lo que sentían el uno por el otro. Ella le dijo "cada vez que me pego a tu cuerpo siento que cada pedazo de mi alma vuelve a unirse". Y él le respondió que abrazarla fue lo mejor que le pasó.
Sin embargo, su inestabilidad emocional echó por tierra toda la historia, impidió nuevos abrazos y encuentros y El Alemán, sintiéndose desgraciado como nunca antes, se dio cuenta que la vida había arruinado también al ser extraordinario que conoció en el instituto y quizás para no correr la misma suerte, comenzó a imaginar un viaje a tierras remotas e inaccesibles.