Monday, January 22, 2007

Pueblos que se desvanecen

Según la Fundación Responde, 28 de las 46 localidades del departamento Castellanos, en la provincia de Santa Fe, se encuentran en riesgo de desaparición. Aquí van unas imágenes de Nueva Lehmann, un pueblito donde ni siquiera llegan las ambulancias para atender las emergencias médicas.



Como muchas otras localidades, Nueva Lehmann se detuvo
en el tiempo el día que dejó de parar el tren.


Las ruinas de la única industria que tuvo la localidad.

La vieja mantequería de Lehmann todavía sigue en pie.

Nueva Lehmann depende de Lehmann y está ubicada sobre la ruta nacional 34.

Sunday, January 21, 2007

Buscando un buen título

Se aproxima el momento de la edición y de lo que para muchos escritores es lo más díficil: redactar el título del libro. Acostumbrado al trajín periodístico, suelo tener dos o tres guardados para usar en el momento de las definiciones. En este caso, creo que el más conveniente es "Concierto andino", ya que remite a una de las escenas principales de la obra, donde una misteriosa mujer interpreta inesperadamente un concierto de Ravel en una posada de Rodeo, en la provincia de San Juan.
Tengo que reconocer, no obstante, que no me convence del todo, ya que me suena algo prosaico. Afortunadamente todavía tengo tiempo y puedo escuchar diferentes opiniones. Se escuchan sugerencias!!

Tuesday, January 02, 2007

Regreso a Barreal

Un año y nueve meses después finalmente regresamos a Barreal. Si bien está a poco más de mil kilómetros de Rosario, llegar hasta allí no resulta sencillo por el estado y la falta de caminos.
Pensábamos arribar al mediodía del sábado para pasar fin de año en el camping municipal, tras disfrutar de una noche en Mendoza.
Los planes se complicaron cuando a la mañana siguiente nos enteramos en Uspallata que el camino de ripio que une a esa ciudad mendocina con Barreal se encontraba cortado.
El rodeo que tuvimos que dar fue tan extenso como cansador, ya que debimos regresar a Mendoza y viajar por la ruta 40 hacia San Juan, donde tomamos el camino que lleva a San José de Jáchal.
A medio camino nos desviamos hacia el suroeste, a la altura de Talacasto, desde donde tomamos la ruta nueva a Calingasta.
Llegamos finalmente a las 19 del sábado, tras recorrer el camino de una sola vía que conecta con Calingasta.
El esfuerzo valió la pena porque a pesar de la fuerte tormenta de la noche anterior, el pueblo está cada día mejor, tan tranquilo como siempre y con sus bellezas naturales intactas.


Vista desde la cabaña del camping municipal.

El río Los Patos, versión veraniega.

Después de una noche de descanso nos levantamos bien temprano por la mañana para visitar la Pampa del Leoncito, desde donde pretendíamos fotografiar a los picos más altos de la cordillera andina.
Lamentablemente y después de más de dos horas de caminata, los picos se encontraban tapados por espesas nubes que impedían observar las nieves eternas.
Ello no impidió que hiciéramos unas bellas tomas y naturalmente, el sol nos quemara impiadosamente.

En la Pampa del Leoncito, casi dos años después.

Por la tarde tuvimos oportunidad de disfrutar del río Los Patos, que pasa por el norte de la localidad y nos mostró un brioso caudal tinto de verano que contrasta espléndidamente con el blanco inmaculado de los picos nevados.
El 2007 nos encontró gratamente extenuados y cómodamente instalados en una cabaña del complejo municipal, donde brindamos con un riquísimo Malbec sanjuanino que tuvimos oportunidad de degustar cuando aún se encontraba en fase de elaboración, en la bodega Augusto Pulenta, de Caucete, en marzo de 2005.
El viaje fue cansador pero valió la pena porque además del reencuentro dio lugar a nuevos proyectos como una travesía de 160 kilómetros por los picos más elevados de la región que de no mediar inconvenientes realizaremos en marzo próximo.

Monday, December 18, 2006

Consejo de Paul Groussac

"Un paisaje es un estado del alma", recuerda Paul Groussac que dijo Amiel, aunque ello no implica, como suele pensarse, que las pinturas de la naturaleza dependan exclusivamente de nuestra disposición de ánimo.
"Todo lo que Amiel quiso decir y fluye del meloso comentario, es que en cualquier paisaje podemos descubrir correspondencia con algún estado de nuestro espíritu; concepto casi tan pueril como el lenguaje de las flores, y que convertiría la inmensa naturaleza en un repertorio de metáforas", aclara el maestro francés en su "Viaje intelectual".

Busto del escritor francés en el Parque 3 de Febrero de Buenos Aires.

Sunday, December 10, 2006

Una lluvia de polvo

Quiso escribir pero tenía el interior demasiado revuelto para hacerlo, de modo que decidió tomar la ruta hacia El Puesto para visitar a Rosa Orquera. Tenía previsto hacer un documental sobre la llamada Ruta del Adobe y solamente le restaba entrevistar a la tataranieta de los constructores del Oratorio consagrado a la Virgen del Rosario.
La mañana estaba fresca y transparente, a pesar de que el día anterior había soplado el Zonda, cubriendo el valle con el polvo acumulado durante los ocho meses de sequía.
El fenómeno lo sorprendió bajando desde el Paso de San Francisco y lo dejó perplejo, porque nunca antes lo había experimentado, aunque muchas veces oyó hablar de él.
Con la cabeza todavía mareada por los efectos de la altura y el rápido descenso, creyó que en realidad estaba lloviendo sobre Fiambalá, dado que el polvo suspendido semejaba las lluvias que solía ver de niño en las rutas de la zona pampeana.
Fiambalá cubierta de polvo, durante la tormenta
provocada por el Zonda.
Cuando ingresó al poblado desde el oeste se dio cuenta que se trataba de una lluvia de polvo provocada por un viento seco y cortante que bajaba velozmente desde la cordillera, al igual que él y su Volskwagen.
Ni en la calle principal ni en la plaza había nadie. Los lugareños habían optado, como suelen hacerlo desde hace siglos, por quedarse encerrados en sus viviendas a la espera de que el Zonda dejara de soplar, cosa que ocurrió al anochecer, permitiendo que la gente saliera masivamente a la calle a hacer sus tareas cotidianas, sin importar la hora. Fue así que vio una panadería y una tienda abierta cerca de la medianoche y aprovechó para comer en el único comedor de la localidad.
Mientras subía la cuesta pensaba en el esfuerzo de esas localidades que continuaban luchando contra el indetenible proceso de desertificación que según los estudiosos se inició a fines del siglo XIX, transformando rotundamente todo el bolsón.
Trató de imaginarse cómo había sido aquella zona cuando el negocio ganadero la hizo próspera y los campos lucían el verde tierno de los alfalfares. Ahora ni siquiera había cardones y las dunas avanzaban orgullosamente.
El Puesto es un oasis, como la mayoría de las localidades puneñas. Su calle principal está arbolada y conduce, en un recodo de ensueños, al Oratorio de los Orquera, donde Doña Rosa, a los 80 años, espera la llegada de los visitantes.
Mientras bajaba su equipo fotográfico ella le salió al cruce y lo saludó cortésmente, explicándole que si bien estaba abierto al público, el Oratorio era propiedad de su familia.
Con una rápida mirada abarcó la construcción de adobe que aparecía detrás de los algarrobos y pensó que su mayor encanto y atractivo residía en su sencillez y fragilidad.
Rosa le abrió la puerta sin visagras, bromeando sobre el origen de la palabra “desquiciado” y avanzó sobre el piso de tierra consolidada de la capilla. El interior contrastaba con la fachada, puesto que estaba pintado de blanco y el altar exhibía la imagen traída desde Chuquisaca a mediados del siglo XVIII.
La deteriorada pintura de la virgen amantando al niño le produjo una sensación contradictoria, parecida a la que solía experimentar cuando veía las antiguas obras de arte del período colonial. Tenía algo de sacro y pagano a la vez, pensó antes de retirarse para ver el lagarde de cuero de vaca que Rosa conservaba al lado del Oratorio y exhibía orgullosa a los visitantes.
En el camino de regreso no advirtió que sus inquietudes internas habían menguado, al igual que la tormenta de tierra que el Zonda había provocado el día anterior.
El Oratorio tiene la misma ambigüedad que percibió en la pintura traída de Cuzco, reflexionó antes de dormirse. Es el frágil pero casi perenne testimonio de la llegada del cristianismo a esas tierras áridas y alejadas, de un momento que habría de cambiar la historia para siempre. Son testimonios del mestizaje, alcanzó a pensar antes de caer rendido ante el sueño.

Thursday, July 06, 2006

La chica que no quería volver a dormirse

No tuve dificultades para creerle cuando me dijo que no quería volver a dormirse nunca más. Estábamos en una esquina muy particular de Buenos Aires, donde la pared lateral del cementerio de la Recoleta se enfrenta, calle de por medio, con un complejo de diversión.
El contraste me inquietaba mientras la escuchaba en la penumbra de la vereda, donde el brillo de las luces de colores de los juguetes que ofrecìan los vendedores ambulantes provocaban la misma sensación que deben experimentar las estrellas de rock cuando son iluminadas por cientos de reflectores sobre un escenario.
Comprendía lo que me decía porque yo también padecí esa inquietud casi imperceptible que suele acompañarnos cuando debemos resignarnos a descansar.
"Mi terapeuta me dijo que es algo así como un miedo primitivo a soñar", me dijo mientras miraba desde la penumbra las siluetas negras de los panteones que lograban superar el muro que separa a la necrópolis de la ciudad.
"Me dijeron que ahí adentro están sepultadas personas ilustres de la historia del país pero la gente, en este viernes húmedo y pringoso, no parece advertirlo", pensé mientras recordaba a las dos chicas que en el camino hacia el museo de arte contemporáneo, hicieron un alto para mirar a través de los cristales del portón de entrada, la avenida principal del cementerio.
Tratando de cambiar el humor recordé voluntariamente a los perros que sus dueños dejaron atados en el frente de la iglesia para que los esperen mientras asistían a la misa vespertina. Sus caras de resignación y aburrimiento me arrancaron una compasiva sonrisa. El más impaciente era un boxer que con una mirada verdaderamente angustiada, parecía pedirme que lo desatara del bicicletero donde se lo había dejado. Un labrador dorado había perdido toda esperanza de librarse del semanal calvario y se había echado a un costado de su dueña, quien seguía el oficio desde el umbral del templo. El más habituado a sortear este tipo de inconvenientes parecía ser un airdale terrier que roncaba despreocupadamente a salvo de los feligreses y traseúntes, en un rincón oscuro junto al portón de acceso.

Wednesday, June 21, 2006

Visita al Museo Nacional de Bellas Artes

Queda sobre avenida Libertador, frente al Centro Cultural Recoleta y la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Recomiendo calurosamente una recorrida por sus salas, especialmente la de la planta alta, donde puede apreciarse una colección impresionante de obras de las mejores firmas de la plástica argentina del siglo XX, como Fader y Berni.
En la fotografía estoy contemplando La Mazamorra, de Fader, una de las mejores telas del pintor mendocino.


Thursday, June 01, 2006

Elemento tranquilizador

Siempre me pregunté cuál era el elemento tranquilizador de Paisaje Sanjuanino, el cuadro de Fernando Fader que vi por primera vez hace casi veinte años, en el Museo Castagnino de Rosario.
Con la primera impresión me convencí que era el conjunto el que transmitía la paz que no encontraba y mantuve esa creencia durante largos años, hasta que volví a verlo hace un par de meses, cuando recorrí en el mismo museo una restrospectiva de Antonio Berni y sin esperarlo en modo alguno, volví a contemplarlo colgado sobre la pared oeste de la galería central.
Fue en ese momento que me di cuenta que el elemento tranquilizador es la pequeña casa de adobe que aparece a un lado del camino que cruza la pequeña quebrada.
Es un elemento que sosiega porque la visión de la naturaleza en estado virgen siempre inquieta al ser humano y lo primero que uno busca en ese paisaje tan agreste es una huella de la presencia humana que en este caso es un símbolo primitivo del hogar.

Wednesday, May 31, 2006

Contemplación de los cerros

Era consciente del parecido entre los tres personajes que conocí durante mi viaje, el guía turístico de Talampaya, el propietario de la posada en Barreal y Fernando, el aristócrata paisajista de Luján de Cuyo.
Tenían en común la necesidad de contemplación diaria de la belleza natural e imponente de los cerros andinos, quizá porque creían ver en ellos la emergencia de lo puro e inaccesible o simplemente porque su visión les provocaba un placer inconmensurable, como me ocurría a mi.
Fue de manera casual que me di cuenta por qué las culturas precolombinas atribuían a los monumentales cerros la condición de deidades. Estaba esperando que el gomero de Barreal reparara uno de los neumáticos de la camioneta en que viajaba cuando levanté la vista para contemplar las nieves eternas del Mercedario.
Repetí la operación varias veces, sintiendo el estremecimiento que me provocaba la inmaculada blancura del pico nevado que sobresalía y se recortaba desde el horizonte.
Tal vez era eso lo que regocijaba secretamente a mis tres personajes y lo que les permitía olvidarse de esa sensación de inquietud que acompaña constantemente a los seres vivos y que Kipling describió tan bien con el balanceo de los elefantes de la India.

Thursday, May 25, 2006

Un alma sosegada

Salió como todas las mañanas, cargando sobre uno de sus hombros el caballete de madera, la cabeza cubierta por un sombrero de tela descolorida y la valija con óleos y pinceles sostenida por la mano que le quedaba libre.
Cruzó la glorieta de glicinas, respirando la frescura silvestre que bajaba de los cerros que le ofrecían sus contornos apenas definidos por la luz matinal.
El río Blanco comenzaba a otra vez a correr, tras meses de parálisis impuesta por el congelamiento y pensó que a su regreso ordenaría al mayordomo que comience a llenar la pileta de mayólicas italianas que su suegro hizo construir en una de las habitaciones de la imponente casona, con el objeto de evitar fisgones y resguardar a las damas de la familia.
Era curioso, su vida había estado siempre signada por los ríos. Al igual que su padre se había empecinado en terminar la usina hidroeléctrica sobre el río Mendoza que llevó a la familia a la ruina.
Cruzó a grandes pasos el camino de tierra que únia a Luján de Cuyo con Mendoza. La tela que llevaba todavía estaba a medio hacer y volvería al mismo lugar en el que estuvo trabajando durante semanas con la única compañía de las aves y animales silvestres.
Quería a esa tierra que permanecía virgen más que a su Burdeos natal porque sosegaba su alma. Por nada del mundo pensaría en cambiarla.

Sunday, May 21, 2006

Placeres secretos

Bajar a la ciudad de Mendoza luego de varias semanas en el interior de la provincia de San Juan es uno de mi placeres secretos más apreciados. La despojada y austera paz que uno disfruta recorriendo las comarcas andinas contrasta con el aire cosmopolita y ligeramente aristocrático de la capital mendocina.
La última vez que hice el periplo quedé impactado por los avances que registró la urbe durante los últimos años. No conocía los nuevos barrios que conforman El Challao y que ofrecen una vista estupenda de toda la ciudad, especialmente al caer la noche. Tampoco pensé que encontraría restoranes de primer nivel con ofertas gastronómicas a la altura de los centros turísticos más importantes del mundo.
La visita a una enoteca top me dejó perplejo: allí no expenden vinos sanjuaninos, una actitud localista que contrasta notablemente con el espíritu cosmopolita que se impone en la ciudad.

Thursday, May 18, 2006

Nada que decir

"Es cierto que la vi siendo niña, cuando solamente podía despertarme ternura y aún hoy la sigo viendo de la misma manera", me dijo El Alemán, una madrugada, cuando el trabajo de la posada había terminado.
En vano traté de hacerlo hablar sobre los placeres de la vida en la precordillera, siempre volvía al mismo tema. "Fuimos a un pub irlandés y la besé mientras acariciaba sus muslos. Ella parecía disfrutarlo pero unas semanas después me dijo que quería estar sola y que no le provocaba nada", confesó mientras yo trataba de descubrir qué decían sus ojos azules.
Parecía no escucharme y decidí quedarme callado, escuchando los detalles de la ruptura, pensando en mi propia historia sentimental.
Recordé ese mediodía en que ella me dijo que ya no sentía nada por mí y lo comprendí aunque sinceramente hubiese preferido hablar de otra cosa. Realmente no tenía nada para decirle.

Wednesday, May 10, 2006

Un límpido manantial

"En cuanto al origen de la oratoria como actividad espontánea cabe señalar que apenas si hay algún canto de la Ilíada y la Odisea en que la mesura, prudencia y elegancia del héroe en el hablar, ya en breves sentencias o en extensos parlamentos, no sean elogiadas como imprescindible virtud", había leído la tarde anterior, en una ediciòn bilingue de 1957 de un pequeño texto de Lysias, mientras me resguardaba del frio en la sala de lectura de la Facultad de Humanidades y Artes.
Lo había tomado al azar, puesto que si bien me interesaba la retórica, no sabía nada de él. El salón abovedado de la biblioteca que alguna vez fue un convento, contrastaba con la luminosidad del discurso del retor.
"Lysias es sutil y elegante, y de no esperarse en un orador sino una información objetiva, no existe otro más perfecto. Nada en él es vacío, nada rebuscado. Con todo, se parece más a un límpido manantial que a un río poderoso", dijo Quintiliano de él.
Pensaba en sus límpidas construcciones cuando abandoné la Facultad y subí por la calle Entre Ríos, alejándome del centro de la ciudad, hacia la casa de mi novia. Sabía que no podría pasar la noche allí pero no me preocupaba.
Recordé el día en que el anciano estacionó su destartalada camioneta frente a la redacción del periódico que dirigía y me ofreció, con una mirada iluminada por el fanatismo y una confianza irracional, una edición que nunca leí de "Los Kerenskys argentinos".
No escuché sus explicaciones ni tampoco presté atención a su colaboración sobre el caso de hanta virus que la prensa nacional había descubierto en Neuquén. Solamente pensé que un hombre desesperado puede aferrarse a un libro con facilidad.

Thursday, April 27, 2006

Paisaje sanjuanino

La primera vez que percibí una tela de Fernando Fader estaba desesperado. Había pasado la noche a la intemperie en el Parque de la Independencia y tras despertarme entumecido a causa del helado rocío, crucé la avenida Pellegrini y entré al Museo Castagnino para calentarme.
Paisaje sanjuanino, el cuadro de Fader, atrajo inmediatamente mi atención desde el otro extremo del salón de exposiciones, con sus cerros color verde opaco. A medida que me acercaba iba descubriendo nuevos detalles, como la casita de adobe situada al lado de un ascendente camino de piedra grisácea.
Me quedé observándolo por un largo tiempo y antes de dejar la sala, me di cuenta que sentía algo parecido a lo que probablemente sintió el artista al recrear ese sencillo paisaje andino.
Igual que a él, me dio la paz y serenidad que buscaba, después de una larga e inquieta noche.


Nunca había oído hablar de él, a pesar de que mi padre fue pintor, al igual que mi hermano y desde muy temprano me acostumbré a escuchar conversaciones sobre artes plásticas.

Sunday, April 09, 2006

Producto de la fantasía

Mientras dejaba la capital sanjuanina rumbo al Sur, por la mítica ruta nacional 40, pensé que El Alemán había escapado hacia un lugar donde las desolación, la traición y el engaño no pudieran dañarlo con la misma ferocidad y ensañamiento con que destrozaron a su amada y que todos los seres humanos intentamos dejar atrás lo que nos hace mal.
Sabía que la historia no era probablemente más que un producto de mi fantasía pero también que me ayudaba a comprenderlo a él y en parte a mí mismo porque ambos queremos a la naturaleza lo más natural posible.
A pocos kilómetros de Mendoza, cuando la luz se desvanecía detrás de la cordillera y el tránsito se hacía más esporádico, imaginé que no llegaron a amarse en las escasas noches que se vieron. A ninguno de los dos les interesaba hacer el amor, solamente buscaban la confirmación de un sentimiento que pudo sobrevivir al paso del tiempo y a la distancia pero que sucumbió frente a las heridas que va abriendo la vida en las personas a medida que los años pasan y los desengaños se acumulan.

Buscando un refugio

El Alemán me contó por qué se quedó en Barreal pero no por qué dejó su país, debido posiblemente más a una omisión involuntaria que a un acto deliberado. A mi se me antoja que fue por una frustración amorosa, aunque nada en nuestras conversaciones noctámbulas justifica tal presunción.
Creo que fue en el camino de regreso hacia la ciudad de San Juan, adonde tuve que dirigirme para comprar una cubierta de reemplazo para la que quedó destrozada tras el viaje por la Travesía del Corrillo, cuando se me ocurrió que decidió viajar a nuestro país, a principios de los 80, luego de una mala experiencia sentimental con una joven rubia y delicada como un ángel.
Ella era especial, como solía decirle su abuelo, quien secretamente la prefería sobre el resto de sus nietos. Su mirada era lo que cautivaba al anciano, quien la describía alternativamente como un túnel o como una caverna, quizás porque representaba una oscuridad plácida que lo invitaba a internarse hasta llegar al alma misma de su amada nieta.
El Alemán experimentó la misma sensación que el abuelo, cuando la miró por primera vez a los ojos en el instituto donde ambos estudiaban. Sin embargo, la relación no se estableció allí sino que debieron pasar casi quince años para que volvieran a encontrarse y hablar sobre lo que sentían.
¿Por qué te atrae tanto ella?, le preguntaba el profesor de Literatura Meridional a El Alemán, cuando regresaban del instituto y se dirigían a su casa para tomar el té, escuchar a Eric Satie y hablar de libros hasta bien avanzada la madrugada.
"Me atrae porque sus ojos me dicen que es muy sensible y porque sé que va a sufrir mucho en la vida", contestaba El Alemán, sentado en uno de los sillones individuales del pequeño departamento atestado de libros y papeles.
El profesor no lo entendía. Pensaba que ella no era bella y que no sobresalía del promedio de compañeras que tenía su alumno predilecto.
Una sola vez estuvieron a punto de decirse lo que ambos sentían pero el azar quiso que la pareja de El Alemán fuera a esperarlo a la salida del instituto y él la vio pasar delante suyo, con el andar suave y delicado que solamente puede tener una muchacha de esa edad y perderse en la oscuridad de la transitada calle.
Él sintio una sensación de pérdida esa noche y ella una especie de alivio que le permitió concentrarse en la boda con un joven que pocos meses después habría de traicionarla.
El encuentro se produjo casi quince años más tarde, cuando ambos vivían en sitios muy distantes del país y no podían ocultar las heridas que les produjo la vida.
Él venía de años de soledad, de haber perdido a su padre, de haber comenzado de cero y de haber sobrevivido a la depresión que estuvo a punto de vencerlo en varias oportunidades. Ella había perdido a su amado abuelo y si bien sus ojos transmitían la misma dulce invitación para internarse hasta su alma, por dentro estaba destrozada.
Se dieron tres abrazos en los que confirmaron todo lo que sentían el uno por el otro. Ella le dijo "cada vez que me pego a tu cuerpo siento que cada pedazo de mi alma vuelve a unirse". Y él le respondió que abrazarla fue lo mejor que le pasó.
Sin embargo, su inestabilidad emocional echó por tierra toda la historia, impidió nuevos abrazos y encuentros y El Alemán, sintiéndose desgraciado como nunca antes, se dio cuenta que la vida había arruinado también al ser extraordinario que conoció en el instituto y quizás para no correr la misma suerte, comenzó a imaginar un viaje a tierras remotas e inaccesibles.

Friday, March 31, 2006

Todo el dolor y toda la felicidad

No conocía la obra de Ravel, a excepción del bolero, pero me las arreglé para explicarle que se trataba de un concierto sutil, en el que cada nota era capaz de expresar todo el dolor y la felicidad de la humanidad y que por eso mismo requería de una capacidad interpretativa que pocos músicos pueden alcanzar.
"Es una pena que aquí solamente tenga a George Harrison y a Credence", bromeó después de confesar que le encargaría a un amigo que le traiga desde Buenos Aires una grabación del Concierto en Sol Mayor.
Cuando le conté que Martha Argerich se había encerrado en su habitación para estudiar secretamente el segundo movimiento, la noche anterior a su presentación en Lausana, cuando su pareja le presentó formalmente a sus padres, advertimos que la claridad de la mañana ya coloreaba las ventanas de la posada y le devolvía la vida al Mercedario y a los cerros de la cadena de Ansilta que recordé haber admirado la tarde anterior, cuando me mojé los pies en el río Los Patos.

Como el torso de una mujer

Una noche le comenté a El Alemán la experiencia que viví en la posada de Rodeo, donde una mujer se levantó de una de las mesas e interpretó en el piano del salón la música más bella y sensible que escuché en toda mi vida.
Sus ojos azules que resaltaban todavía más gracias al contraste que le ofrecía una piel nórdica expuesta durante muchos años al inmisericorde sol de la precordillera, me escuchaban con atención y parecían no querer perderse ningún detalle.
Era la primera vez que el dueño de la posada me demostraba abiertamente sus sentimientos y comprendí que como la mayoría de sus compatriotas, amaba la música y la concebía como una forma de comunicación más pura y poderosa que el lenguaje.
El relato se convirtió en un diálogo animado cuando le comenté que esa noche en Rodeo no solamente me había emocionado sino que también había comprendido a Daniel Baremboim cuando en su autobiografía trazó diferencias entre las acciones de recordar y rememorar en el arte de la interpretación, atribuyendo a esta última la capacidad de revivir las emociones que acompañaron al compositor al momento de la creación.
"El piano, como cualquier otro instrumento musical, es como el torso de una mujer a la que uno le puede arrancar suspiros o provocar la mayor indiferencia", me dijo, una vez que terminé de comentarle mis ideas sobre la cita de Baremboim, revelándome un costado sentimental que nunca le hubiera atribuido en nuestras primeras charlas.

Tuesday, March 28, 2006

Concierto alado

La región andina es un terreno ideal para las formas, es decir, para las artes plásticas y la región pampena lo es para los sonidos, es decir para la música, señaló Miguel Cané y no puedo sino estar de acuerdo con su apreciación.
La semana pasada visité accidentalmente el litoral paranaense y me regocijé con el concierto que ofrecieron decenas de especies aladas a mis agradecidos oídos en un apasible atardecer de la costa santafesina.
Logré captar a uno de los responsables de mi inesperada felicidad, cuya imagen quiero compartir con todos ustedes.

Friday, March 24, 2006

Un paraíso personal

Llegaba cada noche a la posada deliberadamente tarde porque El Alemán no salía de la cocina para charlar hasta que no terminaba con el último pedido y recién después de cerrar la puerta de entrada se sentaba frente a mi con dos cervezas.
Las charlas discurrían siempre sobre los mismos temas: el amor, la pasión, la traición y la naturaleza.
Tras pasar más de veinte años en ese paraíso inaccesible El Alemán temía que fuese devorado por el boom turístico o minero y yo lo entendía perfectamente.
Lo escuchaba preguntar a los visitantes de dónde provenían y después murmurar "desde Rosario vinieron decenas en los últimos días, ¿cómo se habrán enterado?" y al principio no comprendía pero luego me di cuenta que en realidad no deseaba más clientes sino todo lo contrario.
Me resulta risueño pensar en lo que sentiría si tiene acceso a estos textos que alaban tanto las bondades de su "paraíso personal" y estoy casi seguro que experimentaría una mezcla de alarma y traición.
Una noche, cuando me preguntó cómo me gano la vida le dije que simplemente escribo y se interesó aunque no me preguntó si me dedico a la literatura o al periodismo gráfico.
Lo que le llamaba la atención era el proceso de escritura en sí mismo, algo que no me sorprendió dado su origen alemán y dio lugar a largas charlas sobre el tema.
¿Podés escribir todos los días?, me preguntó una madrugada y le contesté que no, que necesitaba estar relajado aunque si debía hacerlo por necesidad lo hacía.
"La mejor forma de relajarse y alcanzar el mood adecuado para escribir es tomar una o dos medidas de Cutty Sark", le dije una vez para sorprenderlo, aunque en lugar de eso se levantó y con un movimiento ágil y una gran sonrisa regresó a la mesa con una botella del escocés que le mencioné y que utilizó para servir dos generosos vasos. "Ahora podés escribir", me dijo en tono jocoso, mientras el dorado líquido ingresaba a su organismo a través de sus finos labios.
Yo esperé en cambio que los trozos de hielo comenzaran a derretirse y tras oler el vaso sin apuro comenté lo bueno que resultaba descubrir el aroma del roble casi gastado en la bebida.
"Es cierto, en los vinos ahora se usan barricas nuevas y el aroma del roble usado cientos de veces es muy diferente, tiene un toque húmedo que resulta muy reconfortante", comentó y le dije que un escocés no solamente sirve para escribir sino para conducir una charla entre amigos a zonas que usualmente no se visitan.