Thursday, July 06, 2006

La chica que no quería volver a dormirse

No tuve dificultades para creerle cuando me dijo que no quería volver a dormirse nunca más. Estábamos en una esquina muy particular de Buenos Aires, donde la pared lateral del cementerio de la Recoleta se enfrenta, calle de por medio, con un complejo de diversión.
El contraste me inquietaba mientras la escuchaba en la penumbra de la vereda, donde el brillo de las luces de colores de los juguetes que ofrecìan los vendedores ambulantes provocaban la misma sensación que deben experimentar las estrellas de rock cuando son iluminadas por cientos de reflectores sobre un escenario.
Comprendía lo que me decía porque yo también padecí esa inquietud casi imperceptible que suele acompañarnos cuando debemos resignarnos a descansar.
"Mi terapeuta me dijo que es algo así como un miedo primitivo a soñar", me dijo mientras miraba desde la penumbra las siluetas negras de los panteones que lograban superar el muro que separa a la necrópolis de la ciudad.
"Me dijeron que ahí adentro están sepultadas personas ilustres de la historia del país pero la gente, en este viernes húmedo y pringoso, no parece advertirlo", pensé mientras recordaba a las dos chicas que en el camino hacia el museo de arte contemporáneo, hicieron un alto para mirar a través de los cristales del portón de entrada, la avenida principal del cementerio.
Tratando de cambiar el humor recordé voluntariamente a los perros que sus dueños dejaron atados en el frente de la iglesia para que los esperen mientras asistían a la misa vespertina. Sus caras de resignación y aburrimiento me arrancaron una compasiva sonrisa. El más impaciente era un boxer que con una mirada verdaderamente angustiada, parecía pedirme que lo desatara del bicicletero donde se lo había dejado. Un labrador dorado había perdido toda esperanza de librarse del semanal calvario y se había echado a un costado de su dueña, quien seguía el oficio desde el umbral del templo. El más habituado a sortear este tipo de inconvenientes parecía ser un airdale terrier que roncaba despreocupadamente a salvo de los feligreses y traseúntes, en un rincón oscuro junto al portón de acceso.

Wednesday, June 21, 2006

Visita al Museo Nacional de Bellas Artes

Queda sobre avenida Libertador, frente al Centro Cultural Recoleta y la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Recomiendo calurosamente una recorrida por sus salas, especialmente la de la planta alta, donde puede apreciarse una colección impresionante de obras de las mejores firmas de la plástica argentina del siglo XX, como Fader y Berni.
En la fotografía estoy contemplando La Mazamorra, de Fader, una de las mejores telas del pintor mendocino.


Thursday, June 01, 2006

Elemento tranquilizador

Siempre me pregunté cuál era el elemento tranquilizador de Paisaje Sanjuanino, el cuadro de Fernando Fader que vi por primera vez hace casi veinte años, en el Museo Castagnino de Rosario.
Con la primera impresión me convencí que era el conjunto el que transmitía la paz que no encontraba y mantuve esa creencia durante largos años, hasta que volví a verlo hace un par de meses, cuando recorrí en el mismo museo una restrospectiva de Antonio Berni y sin esperarlo en modo alguno, volví a contemplarlo colgado sobre la pared oeste de la galería central.
Fue en ese momento que me di cuenta que el elemento tranquilizador es la pequeña casa de adobe que aparece a un lado del camino que cruza la pequeña quebrada.
Es un elemento que sosiega porque la visión de la naturaleza en estado virgen siempre inquieta al ser humano y lo primero que uno busca en ese paisaje tan agreste es una huella de la presencia humana que en este caso es un símbolo primitivo del hogar.

Wednesday, May 31, 2006

Contemplación de los cerros

Era consciente del parecido entre los tres personajes que conocí durante mi viaje, el guía turístico de Talampaya, el propietario de la posada en Barreal y Fernando, el aristócrata paisajista de Luján de Cuyo.
Tenían en común la necesidad de contemplación diaria de la belleza natural e imponente de los cerros andinos, quizá porque creían ver en ellos la emergencia de lo puro e inaccesible o simplemente porque su visión les provocaba un placer inconmensurable, como me ocurría a mi.
Fue de manera casual que me di cuenta por qué las culturas precolombinas atribuían a los monumentales cerros la condición de deidades. Estaba esperando que el gomero de Barreal reparara uno de los neumáticos de la camioneta en que viajaba cuando levanté la vista para contemplar las nieves eternas del Mercedario.
Repetí la operación varias veces, sintiendo el estremecimiento que me provocaba la inmaculada blancura del pico nevado que sobresalía y se recortaba desde el horizonte.
Tal vez era eso lo que regocijaba secretamente a mis tres personajes y lo que les permitía olvidarse de esa sensación de inquietud que acompaña constantemente a los seres vivos y que Kipling describió tan bien con el balanceo de los elefantes de la India.

Thursday, May 25, 2006

Un alma sosegada

Salió como todas las mañanas, cargando sobre uno de sus hombros el caballete de madera, la cabeza cubierta por un sombrero de tela descolorida y la valija con óleos y pinceles sostenida por la mano que le quedaba libre.
Cruzó la glorieta de glicinas, respirando la frescura silvestre que bajaba de los cerros que le ofrecían sus contornos apenas definidos por la luz matinal.
El río Blanco comenzaba a otra vez a correr, tras meses de parálisis impuesta por el congelamiento y pensó que a su regreso ordenaría al mayordomo que comience a llenar la pileta de mayólicas italianas que su suegro hizo construir en una de las habitaciones de la imponente casona, con el objeto de evitar fisgones y resguardar a las damas de la familia.
Era curioso, su vida había estado siempre signada por los ríos. Al igual que su padre se había empecinado en terminar la usina hidroeléctrica sobre el río Mendoza que llevó a la familia a la ruina.
Cruzó a grandes pasos el camino de tierra que únia a Luján de Cuyo con Mendoza. La tela que llevaba todavía estaba a medio hacer y volvería al mismo lugar en el que estuvo trabajando durante semanas con la única compañía de las aves y animales silvestres.
Quería a esa tierra que permanecía virgen más que a su Burdeos natal porque sosegaba su alma. Por nada del mundo pensaría en cambiarla.

Sunday, May 21, 2006

Placeres secretos

Bajar a la ciudad de Mendoza luego de varias semanas en el interior de la provincia de San Juan es uno de mi placeres secretos más apreciados. La despojada y austera paz que uno disfruta recorriendo las comarcas andinas contrasta con el aire cosmopolita y ligeramente aristocrático de la capital mendocina.
La última vez que hice el periplo quedé impactado por los avances que registró la urbe durante los últimos años. No conocía los nuevos barrios que conforman El Challao y que ofrecen una vista estupenda de toda la ciudad, especialmente al caer la noche. Tampoco pensé que encontraría restoranes de primer nivel con ofertas gastronómicas a la altura de los centros turísticos más importantes del mundo.
La visita a una enoteca top me dejó perplejo: allí no expenden vinos sanjuaninos, una actitud localista que contrasta notablemente con el espíritu cosmopolita que se impone en la ciudad.

Thursday, May 18, 2006

Nada que decir

"Es cierto que la vi siendo niña, cuando solamente podía despertarme ternura y aún hoy la sigo viendo de la misma manera", me dijo El Alemán, una madrugada, cuando el trabajo de la posada había terminado.
En vano traté de hacerlo hablar sobre los placeres de la vida en la precordillera, siempre volvía al mismo tema. "Fuimos a un pub irlandés y la besé mientras acariciaba sus muslos. Ella parecía disfrutarlo pero unas semanas después me dijo que quería estar sola y que no le provocaba nada", confesó mientras yo trataba de descubrir qué decían sus ojos azules.
Parecía no escucharme y decidí quedarme callado, escuchando los detalles de la ruptura, pensando en mi propia historia sentimental.
Recordé ese mediodía en que ella me dijo que ya no sentía nada por mí y lo comprendí aunque sinceramente hubiese preferido hablar de otra cosa. Realmente no tenía nada para decirle.

Wednesday, May 10, 2006

Un límpido manantial

"En cuanto al origen de la oratoria como actividad espontánea cabe señalar que apenas si hay algún canto de la Ilíada y la Odisea en que la mesura, prudencia y elegancia del héroe en el hablar, ya en breves sentencias o en extensos parlamentos, no sean elogiadas como imprescindible virtud", había leído la tarde anterior, en una ediciòn bilingue de 1957 de un pequeño texto de Lysias, mientras me resguardaba del frio en la sala de lectura de la Facultad de Humanidades y Artes.
Lo había tomado al azar, puesto que si bien me interesaba la retórica, no sabía nada de él. El salón abovedado de la biblioteca que alguna vez fue un convento, contrastaba con la luminosidad del discurso del retor.
"Lysias es sutil y elegante, y de no esperarse en un orador sino una información objetiva, no existe otro más perfecto. Nada en él es vacío, nada rebuscado. Con todo, se parece más a un límpido manantial que a un río poderoso", dijo Quintiliano de él.
Pensaba en sus límpidas construcciones cuando abandoné la Facultad y subí por la calle Entre Ríos, alejándome del centro de la ciudad, hacia la casa de mi novia. Sabía que no podría pasar la noche allí pero no me preocupaba.
Recordé el día en que el anciano estacionó su destartalada camioneta frente a la redacción del periódico que dirigía y me ofreció, con una mirada iluminada por el fanatismo y una confianza irracional, una edición que nunca leí de "Los Kerenskys argentinos".
No escuché sus explicaciones ni tampoco presté atención a su colaboración sobre el caso de hanta virus que la prensa nacional había descubierto en Neuquén. Solamente pensé que un hombre desesperado puede aferrarse a un libro con facilidad.

Thursday, April 27, 2006

Paisaje sanjuanino

La primera vez que percibí una tela de Fernando Fader estaba desesperado. Había pasado la noche a la intemperie en el Parque de la Independencia y tras despertarme entumecido a causa del helado rocío, crucé la avenida Pellegrini y entré al Museo Castagnino para calentarme.
Paisaje sanjuanino, el cuadro de Fader, atrajo inmediatamente mi atención desde el otro extremo del salón de exposiciones, con sus cerros color verde opaco. A medida que me acercaba iba descubriendo nuevos detalles, como la casita de adobe situada al lado de un ascendente camino de piedra grisácea.
Me quedé observándolo por un largo tiempo y antes de dejar la sala, me di cuenta que sentía algo parecido a lo que probablemente sintió el artista al recrear ese sencillo paisaje andino.
Igual que a él, me dio la paz y serenidad que buscaba, después de una larga e inquieta noche.


Nunca había oído hablar de él, a pesar de que mi padre fue pintor, al igual que mi hermano y desde muy temprano me acostumbré a escuchar conversaciones sobre artes plásticas.

Sunday, April 09, 2006

Producto de la fantasía

Mientras dejaba la capital sanjuanina rumbo al Sur, por la mítica ruta nacional 40, pensé que El Alemán había escapado hacia un lugar donde las desolación, la traición y el engaño no pudieran dañarlo con la misma ferocidad y ensañamiento con que destrozaron a su amada y que todos los seres humanos intentamos dejar atrás lo que nos hace mal.
Sabía que la historia no era probablemente más que un producto de mi fantasía pero también que me ayudaba a comprenderlo a él y en parte a mí mismo porque ambos queremos a la naturaleza lo más natural posible.
A pocos kilómetros de Mendoza, cuando la luz se desvanecía detrás de la cordillera y el tránsito se hacía más esporádico, imaginé que no llegaron a amarse en las escasas noches que se vieron. A ninguno de los dos les interesaba hacer el amor, solamente buscaban la confirmación de un sentimiento que pudo sobrevivir al paso del tiempo y a la distancia pero que sucumbió frente a las heridas que va abriendo la vida en las personas a medida que los años pasan y los desengaños se acumulan.

Buscando un refugio

El Alemán me contó por qué se quedó en Barreal pero no por qué dejó su país, debido posiblemente más a una omisión involuntaria que a un acto deliberado. A mi se me antoja que fue por una frustración amorosa, aunque nada en nuestras conversaciones noctámbulas justifica tal presunción.
Creo que fue en el camino de regreso hacia la ciudad de San Juan, adonde tuve que dirigirme para comprar una cubierta de reemplazo para la que quedó destrozada tras el viaje por la Travesía del Corrillo, cuando se me ocurrió que decidió viajar a nuestro país, a principios de los 80, luego de una mala experiencia sentimental con una joven rubia y delicada como un ángel.
Ella era especial, como solía decirle su abuelo, quien secretamente la prefería sobre el resto de sus nietos. Su mirada era lo que cautivaba al anciano, quien la describía alternativamente como un túnel o como una caverna, quizás porque representaba una oscuridad plácida que lo invitaba a internarse hasta llegar al alma misma de su amada nieta.
El Alemán experimentó la misma sensación que el abuelo, cuando la miró por primera vez a los ojos en el instituto donde ambos estudiaban. Sin embargo, la relación no se estableció allí sino que debieron pasar casi quince años para que volvieran a encontrarse y hablar sobre lo que sentían.
¿Por qué te atrae tanto ella?, le preguntaba el profesor de Literatura Meridional a El Alemán, cuando regresaban del instituto y se dirigían a su casa para tomar el té, escuchar a Eric Satie y hablar de libros hasta bien avanzada la madrugada.
"Me atrae porque sus ojos me dicen que es muy sensible y porque sé que va a sufrir mucho en la vida", contestaba El Alemán, sentado en uno de los sillones individuales del pequeño departamento atestado de libros y papeles.
El profesor no lo entendía. Pensaba que ella no era bella y que no sobresalía del promedio de compañeras que tenía su alumno predilecto.
Una sola vez estuvieron a punto de decirse lo que ambos sentían pero el azar quiso que la pareja de El Alemán fuera a esperarlo a la salida del instituto y él la vio pasar delante suyo, con el andar suave y delicado que solamente puede tener una muchacha de esa edad y perderse en la oscuridad de la transitada calle.
Él sintio una sensación de pérdida esa noche y ella una especie de alivio que le permitió concentrarse en la boda con un joven que pocos meses después habría de traicionarla.
El encuentro se produjo casi quince años más tarde, cuando ambos vivían en sitios muy distantes del país y no podían ocultar las heridas que les produjo la vida.
Él venía de años de soledad, de haber perdido a su padre, de haber comenzado de cero y de haber sobrevivido a la depresión que estuvo a punto de vencerlo en varias oportunidades. Ella había perdido a su amado abuelo y si bien sus ojos transmitían la misma dulce invitación para internarse hasta su alma, por dentro estaba destrozada.
Se dieron tres abrazos en los que confirmaron todo lo que sentían el uno por el otro. Ella le dijo "cada vez que me pego a tu cuerpo siento que cada pedazo de mi alma vuelve a unirse". Y él le respondió que abrazarla fue lo mejor que le pasó.
Sin embargo, su inestabilidad emocional echó por tierra toda la historia, impidió nuevos abrazos y encuentros y El Alemán, sintiéndose desgraciado como nunca antes, se dio cuenta que la vida había arruinado también al ser extraordinario que conoció en el instituto y quizás para no correr la misma suerte, comenzó a imaginar un viaje a tierras remotas e inaccesibles.

Friday, March 31, 2006

Todo el dolor y toda la felicidad

No conocía la obra de Ravel, a excepción del bolero, pero me las arreglé para explicarle que se trataba de un concierto sutil, en el que cada nota era capaz de expresar todo el dolor y la felicidad de la humanidad y que por eso mismo requería de una capacidad interpretativa que pocos músicos pueden alcanzar.
"Es una pena que aquí solamente tenga a George Harrison y a Credence", bromeó después de confesar que le encargaría a un amigo que le traiga desde Buenos Aires una grabación del Concierto en Sol Mayor.
Cuando le conté que Martha Argerich se había encerrado en su habitación para estudiar secretamente el segundo movimiento, la noche anterior a su presentación en Lausana, cuando su pareja le presentó formalmente a sus padres, advertimos que la claridad de la mañana ya coloreaba las ventanas de la posada y le devolvía la vida al Mercedario y a los cerros de la cadena de Ansilta que recordé haber admirado la tarde anterior, cuando me mojé los pies en el río Los Patos.

Como el torso de una mujer

Una noche le comenté a El Alemán la experiencia que viví en la posada de Rodeo, donde una mujer se levantó de una de las mesas e interpretó en el piano del salón la música más bella y sensible que escuché en toda mi vida.
Sus ojos azules que resaltaban todavía más gracias al contraste que le ofrecía una piel nórdica expuesta durante muchos años al inmisericorde sol de la precordillera, me escuchaban con atención y parecían no querer perderse ningún detalle.
Era la primera vez que el dueño de la posada me demostraba abiertamente sus sentimientos y comprendí que como la mayoría de sus compatriotas, amaba la música y la concebía como una forma de comunicación más pura y poderosa que el lenguaje.
El relato se convirtió en un diálogo animado cuando le comenté que esa noche en Rodeo no solamente me había emocionado sino que también había comprendido a Daniel Baremboim cuando en su autobiografía trazó diferencias entre las acciones de recordar y rememorar en el arte de la interpretación, atribuyendo a esta última la capacidad de revivir las emociones que acompañaron al compositor al momento de la creación.
"El piano, como cualquier otro instrumento musical, es como el torso de una mujer a la que uno le puede arrancar suspiros o provocar la mayor indiferencia", me dijo, una vez que terminé de comentarle mis ideas sobre la cita de Baremboim, revelándome un costado sentimental que nunca le hubiera atribuido en nuestras primeras charlas.

Tuesday, March 28, 2006

Concierto alado

La región andina es un terreno ideal para las formas, es decir, para las artes plásticas y la región pampena lo es para los sonidos, es decir para la música, señaló Miguel Cané y no puedo sino estar de acuerdo con su apreciación.
La semana pasada visité accidentalmente el litoral paranaense y me regocijé con el concierto que ofrecieron decenas de especies aladas a mis agradecidos oídos en un apasible atardecer de la costa santafesina.
Logré captar a uno de los responsables de mi inesperada felicidad, cuya imagen quiero compartir con todos ustedes.

Friday, March 24, 2006

Un paraíso personal

Llegaba cada noche a la posada deliberadamente tarde porque El Alemán no salía de la cocina para charlar hasta que no terminaba con el último pedido y recién después de cerrar la puerta de entrada se sentaba frente a mi con dos cervezas.
Las charlas discurrían siempre sobre los mismos temas: el amor, la pasión, la traición y la naturaleza.
Tras pasar más de veinte años en ese paraíso inaccesible El Alemán temía que fuese devorado por el boom turístico o minero y yo lo entendía perfectamente.
Lo escuchaba preguntar a los visitantes de dónde provenían y después murmurar "desde Rosario vinieron decenas en los últimos días, ¿cómo se habrán enterado?" y al principio no comprendía pero luego me di cuenta que en realidad no deseaba más clientes sino todo lo contrario.
Me resulta risueño pensar en lo que sentiría si tiene acceso a estos textos que alaban tanto las bondades de su "paraíso personal" y estoy casi seguro que experimentaría una mezcla de alarma y traición.
Una noche, cuando me preguntó cómo me gano la vida le dije que simplemente escribo y se interesó aunque no me preguntó si me dedico a la literatura o al periodismo gráfico.
Lo que le llamaba la atención era el proceso de escritura en sí mismo, algo que no me sorprendió dado su origen alemán y dio lugar a largas charlas sobre el tema.
¿Podés escribir todos los días?, me preguntó una madrugada y le contesté que no, que necesitaba estar relajado aunque si debía hacerlo por necesidad lo hacía.
"La mejor forma de relajarse y alcanzar el mood adecuado para escribir es tomar una o dos medidas de Cutty Sark", le dije una vez para sorprenderlo, aunque en lugar de eso se levantó y con un movimiento ágil y una gran sonrisa regresó a la mesa con una botella del escocés que le mencioné y que utilizó para servir dos generosos vasos. "Ahora podés escribir", me dijo en tono jocoso, mientras el dorado líquido ingresaba a su organismo a través de sus finos labios.
Yo esperé en cambio que los trozos de hielo comenzaran a derretirse y tras oler el vaso sin apuro comenté lo bueno que resultaba descubrir el aroma del roble casi gastado en la bebida.
"Es cierto, en los vinos ahora se usan barricas nuevas y el aroma del roble usado cientos de veces es muy diferente, tiene un toque húmedo que resulta muy reconfortante", comentó y le dije que un escocés no solamente sirve para escribir sino para conducir una charla entre amigos a zonas que usualmente no se visitan.

Conversaciones con El Alemán

En este oasis pasé los mejores días de descanso de mi vida. Tras acomodarme en el gigantesco camping municipal me dediqué a recorrer el pueblo y descubrir sus tesoros.
Antes de visitar el Barreal del Leoncito y el observatorio astronómico más importante que tiene el país, me relacioné con la gente del lugar, entre ellos el encargado del camping, quien me acompañó a realizar mis compras en los almacenes del pueblo y hasta se ofreció para asar un chivito en su horno de barro que ya entrada la noche compartí junto a su familia.
Otro de los pobladores con quien sostuve agradables conversaciones fue el dueño de la hostería El Alemán, un inmigrante germano que a principios de los 80 llegó al lugar que no pudo abandonar más.
La hostería se encuentra un tanto escondida pero su dueño se las ingenió para guiar a los visitantes a través de carteles de color verde oscuro que se encuentran diseminados por todos los caminos de la zona.
El Alemán, como todos lo conocen, es un rubio de ojos azules muy amable y algo enigmático que se ocupa de la cocina mientras su esposa, una argentina sumamente simpática, atiende a los comensales.
La cocina obviamente es de estilo germano, ofreciendo una abundante variedad de salchichas y carnes ahumadas, además de decenas de excelentes cervezas.
Por las noches visitaba la posada y además de entretenerme con los turistas que paraban en su paso por la zona, me entretenía conversando con su dueño, a quien vanamente intentaba sacarle información sobre su vida antes de emigrar a Barreal.
En este punto era tan hermético que si no fuese por su edad me hubiera visto tentado de pensar que era un fugitivo nazi.
En realidad El Alemán es una persona que ve con preocupación cómo la naturaleza va cediendo ante el avance de la civilización, es decir, un verdadero naturalista.

Una travesía hacia Barreal

Desde Rodeo se puede llegar a Barreal a través de la ruta 436 que recorre la Travesía del Corrillo. El camino de ripio se inicia en la ciudad de Iglesia, donde es conveniente consultar sobre su estado en el destacamento de Gendarmería antes de emprender el viaje.
Lo recorrí luego de una fuerte lluvia que produjo un movimiento de piedras, razón por la cual debí conducir a no más de 30 kilómetros por hora. Armado de toda la paciencia me dediqué a disfrutar de las vista que ofrecía este viejo camino que según me comentaron en Rodeo fue utilizado por los nativos durante cientos de años.
La geografía se parece a la de un valle ameseteado y agreste que discurre en medio de la precordillera. El primer tramo del camino es difícil y pone a prueba al conductor, al vehículo y especialmente a los neumáticos porque si no tienen la presión adecuada pueden romperse tras golpear con las puntiagudas piedras.
Después de atravesar el arroyo Tocota donde se encuentra un caserío con el mismo nombre que vive de la explotación del cultivo de ajo, la ruta se hace más amable, permitiendo aumentar la velocidad y aprovechar el descenso que ofrece una suave pero extensa pendiente.
La soledad y el silencio por momentos abruman. Sin seres humanos y ni siquiera animales salvajes a la vista, se toma conciencia del significado de la palabra travesía y de los riesgos que implican aventuras como estas, sobre todo si no se toma la precaución de llevar abrigo y agua potable, dado que cualquier accidente o desperfecto mecánico implicaría tener que esperar durante horas o recorrer a pie grandes distancias para obtener ayuda.
La geografía recién comienza a cambiar tras recorrer más de cien kilómetros, cuando uno se aproxima a la localidad de Villa Nueva, ubicada en los márgenes del Valle de Calingasta.
Los primeros indicios que aparecen son las plantaciones de álamos que rodean a los caseríos para protegerlos de los fuertes vientos.
Cuando se atraviesa Villa Nueva puede observarse un gran cartel informativo que indica que desde allí partió una de las columnas del ejército libertador que cruzó los Andes a través de los pasos que se encuentran en el sur de la provincia.
Las señales de la presencia humana se van multiplicando a medida que se toma dirección sudeste y se llega a Calingasta, una de las ciudades más importante de la región y desde donde hay que tomar la ascendente ruta 412 que lleva hasta Barreal bordeando siempre el río Los Patos.
El ingreso al pueblo es realmente largo y quien no lo visitó antes se ve tentado a pensar que "se pasó de largo", una idea muy común en viajeros que recorren regiones escasamente pobladas y que me recordó una visita de mi adolescencia a Moisés Ville, la primera colonia judía del país, en mi provincia de Santa Fe natal, dado que como viajamos de noche y en el pueblo prácticamente no había luces encendidas, casi no nos percatamos de su presencia.
Barreal es, en casi todos los aspectos, un oasis y basta recorrerlo brevemente para convencerse que valió la pena esforzarse por llegar hasta allí.

Sunday, March 12, 2006

Los niños de Talampaya

La empresa que explota la concesión del Parque Nacional de Talampaya, en la provincia de La Rioja, optó por contratar como guías turísticos a personas del lugar. Esta medida acertada nos permitió conocer a José, un joven moreno, menudo y treintañero que durante la excursión por el imponente cañón dio muestras de una locuacidad extraordinaria.
Lo más interesante de todo es que José propiciaba diálogos que transgredían totalmente el ámbito de su función. Por ejemplo, con Gilles, un francés de mediano porte y edad que tomaba obsesivamente notas de todo cuanto veía y se le decía en un cuaderno escolar de tapas color naranja, se embarcó en una animada conversación de negocios en los que analizaban todo tipo de alternativas turísticas para sacarle euros a sus compatriotas.


Menos pragmático que el joven francés, a mi la locuacidad de José me sirvió para explorar los tiempos en que el cañón estaba "abierto al público" y ni siquiera debía pedirse permiso para recorrerlo.
No me pasó por alto la emoción que afloraba en sus oscuros ojos cuando comenzó a contarme historias de su infancia, cuando las aventuras que cualquier niño de ciudad tiene en el club o a lo sumo en un parque, se desarrollaban en un escenario tan impresionante como el cañón de Talampaya.
Su sensibilidad casi indisimulada me cayó en gracia y desplacé a Gilles de su lado, trabando una conversación sobre esa época lejana en donde por ejemplo las empresas mineras no volaron de milagro las paredes rosadas del gigantesco cañón. "Por todos lados hay hoyos abiertos por los buscadores de minerales. Cuando era niño las explosiones eran tan frecuentes que cuando nos las dejábamos de escuchar pensábamos que algo malo había pasado", recordó torciendo el labio inferior, en una suerte de sonrisa irónica. Luego nos explicó que las constantes explosiones espantaron a la fauna que habitaba en el lugar, obligando a guanacos y pumas a buscar nuevas moradas.
La expresión de su rostro cuando nos confesó que desde la ventana de su dormitorio tiene una incomparable vista del pico nevado del Famatina, me reconfortó haciéndome notar el orgullo que sienten los nativos de todo Cuyo por sus bellísimos paisajes.
Cuando terminó la excursión y José se disponía a recibir a un nuevo contingente, lo saludé con un apretón de manos y una leve inclinación de cabeza que él correspondió educadamente. Mientras recorría el camino de salida que lleva a la ruta 151, pensé en lo afortunado que fue al criarse en un sitio tan maravilloso.

Saturday, March 11, 2006

Hoteles abandonados

Siempre me atrajeron los hoteles abandonados, como el que se encuentra en las termas de Villavicencio. "Los hoteles son instituciones", me dijo el propietario de un establecimiento de mi ciudad y no puedo sino acordar con esa afirmación.
Son instituciones porque se encargan de recibir a los visitantes y porque funcionan como una suerte de puerta de entrada a una comunidad.
A pesar del esmero del personal, sin embargo, los hoteles siempre me resultaron fríos y tal vez por ello me hacen añorar el hogar.
Los hoteles abandonados son más fríos todavía, aunque con solo pensar en los momentos de felicidad que albergaron sus habitaciones que hoy se encuentran vacías y despobladas de muebles, cubiertas de telarañas y polvo, adquieren para mi un significado diferente.

En la fotografía de arriba estoy posando frente al viejo hotel de las Termas de Villavicencio, en la provincia de Mendoza. Abajo puede verse el Gran Hotel Viena, construido muy probablemente por refugiados nazis en la localidad cordobesa de Miramar, a orillas de la laguna Mar Chiquita, cuyas aguas salobres hoy carcomen su estructura.

Wednesday, March 08, 2006

Temblorosa San Juan

Lo primero que llama la atención a quien visita por primera vez la ciudad es el horario comercial. La caravana de automóviles y colectivos abarrotados de gente que en otros sitios del país uno espera ver a las 5 o a lo sumo a las 7 de la tarde, aquí recién recorre las avenidas principales a las 10,30 de la noche. Indudablemente los sanjuaninos tienen predilección por las siestas prolongadas, lo que en parte se explica por el rigor del clima estival y del implacable viento Zonda que sopla en primavera.
La aridez y el riesgo sísmico son dos elementos con los cuales la sociedad sanjuanina convive desde hace siglos, a tal punto que una ley provincial castiga con prisión a quien derroche agua o, como me dijo jocosamente un gomero, "hasta que no comienzan a caerse las cosas, yo no me levanto de la cama", refiriéndose a los frecuentes temblores que se registran en toda la provincia.
Una de las cosas que primero llama la atención cuando se habla con un sanjuanino es su acento, mucho más parecido al chileno que el del resto de los habitantes de Cuyo.
La diferencia con la tonada mendocina es realmente notable y sólo se puede comparar con el contraste existente entre las zonas comerciales de las dos capitales, siendo la de San Juan mucho más provinciana y humilde.
Para quien proviene de una pequeña ciudad santafesina, la sencillez sanjuanina es realmente bienvenida.
Si tuviera que definir a la ciudad utilizaría la plabara temblorosa no por su falta de carácter sino porque padece frecuentes movimientos sísmicos y su población vive pensando en el próximo gran terremoto que nadie a ciencia cierta, ni siquiera los especialistas del Instituto Nacional de Prevención Sísmica que se encuentra naturalmente en San Juan, puede pronosticar.
La llama votiva que recuerda a las víctimas del terremoto que el 15 de enero de 1944 destruyó la ciudad, tiene en tal sentido, un significado que trasciende lo simbólico.